
Hace 40 años, Diego Maradona aterrizó en Nápoles y lo primero que hizo fue llamar a Claudia Villafañe. No habló de contratos ni millones, le confesó con la voz quebrada: «Me tiemblan las piernas. Son un equipo de la B, se salvaron del descenso por un punto y me recibieron como si ya fuéramos campeones». Una ciudad entera lo esperó en el aeropuerto, colgada de una fe absurda e imposible.
Esa locura se volvió combustible. El pibe que llegó a un equipo moribundo terminó dándole a Nápoles dos Scudettos impensados y convirtiéndose en Dios. Esa llamada a Claudia quedó como la foto perfecta del segundo antes de que la historia cambiara para siempre.



Leave a Reply