Ella le tenía pánico a los perros, él le tenía pánico a los humanos, una mujer que nunca se había atrevido a acercarse a un perrito decidió adoptar a un cachorro rescatado que temblaba con solo ver gente, nadie apostaba por esa dupla.

Pero día a día, con paciencia, premios y muchos paseos cortitos, los dos se enseñaron a confiar, él aprendió que una mano puede acariciar y no golpear, y ella que un ladrido puede ser de amor y no de amenaza, hoy son inseparables y duermen abrazados, la prueba de que a veces el miedo se cura con más miedo, pero compartido.